EN EL REGAZO DE MI ABUELA

En uno de esos días en los que se acumula el malestar, todo se desborda y sientes que no puedes más, en uno de esos días en los que tu fortaleza se rompe y de nada sirve tu coraza, es realmente reconfortante encontrar a alguien con el que sentirte como en casa...y esa persona se convierte en tu hogar dónde estás resguardada y protegida de todo, con el calor humano que necesitas y esos pequeños detalles que hacen grandes momentos...Es hermoso encontrar a alguien con el que poder ser tu misma y sentirte como en tu propia casa...

Todo ello me lleva a recordar aquellas tardes de fin de semana de mi niñez en las que llegábamos a la casita de  campo de  mis padres,  evadiéndonos de la gran ciudad, de sus ruidos, las rutinas y el stress del colegio y los trabajos. Como tantas otras familias por aquella época, teníamos un rincón donde disfrutar de lo bonito de la vida. Recuerdo la sensación de bienestar y alegría que eso producía en todos nosotros. Llegar y encender la estufa de leña corriendo para caldear la casa y resguardarnos del frío invierno. Amanecer al día siguiente llenos de vida y salir fuera a respirar el aire puro, correr por la arena, saltar, ir en bicicleta… Recuerdo que la felicidad era para mí sentarme en el regazo de mi abuela al acabar el día y contemplar las llamas de la estufa escuchando las bellas historias y leyendas que ella nos contaba. Sólo ella sabía hacer que el tiempo se detuviera por momentos y nos trasladásemos a aquellas historias y cuentos fantásticos y los viviéramos como si fueran de verdad. Era increíble como aquella mujer retenía en su mente tantas historias sin ni siquiera haberlas leído jamás,  las mismas que en su día contó a sus hijos y ahora hacía con sus adorados nietos. Con los ojos bien abiertos y completamente en silencio, una y mil veces volvíamos a querer escucharla absortos, embobados y tranquilos, envueltos en su magia... Nada nos daba más paz que el escuchar su aterciopelada voz. Me encantaba estar sentada en su regazo, siempre lograba calmarme y curarme de todo mal. Ella era el lugar donde más resguardada y a salvo me sentía del mundo. Ella era mi refugio, mi hogar, mi paz. Imposible no rendirse ante tanta  dulzura , cariño y bondad. Imposible no sonreir con sus graciosos “chascarrillos”. Ella era  el amor, el cariño y el calor humano en sí, y aunque hace mucho que se fue de este lugar, su alma permanece abrazada a mí y la siento a mi lado siempre, protegiéndome y cuidándome  con la misma intensidad que entonces. Sé que me acompaña y me guía dónde quiera que esté. Ella, mi querida abuela del alma, con su moño gris, su piel suave y con olor a "Heno de Pravia", fue todo un ejemplo de sabiduría, belleza interior y humildad. Ella fue una gran mujer y una persona de enorme corazón y su esencia permanecerá para siempre con nosotros... Acaso no era mi abuela el lugar más entrañable del mundo? Sí, ella era ese lugar dónde uno va siempre que tiene necesidad de estar en paz consigo mismo.


LLoré y sufrí tu ausencia hasta que comprendí que formabas parte de mí y en cierta manera no te habías ido, sino que tu alma permanecía en mí y en todas aquellas cosas que me llevaban a tu recuerdo. A veces busco dentro de mí y allí estás, ocupando una gran parte de mi corazón. Otras veces te encuentro dónde quiera que voy sin haberte buscado. Estás en el amanecer de un nuevo día, en la pureza de las flores del campo, en la brisa fresca de las mañanas, en los mares en calma y los atardeceres de montaña... Estás en los rayos de sol de invierno, en la lluvia de verano, en el olor a hierbabuena. Estás en cada jardín de geranios, esos que con tanto amor y dedicación cuidabas siempre y florecían agradecidos. Ten por seguro, mi querida abuela, que estás en cada cuento que leí a mis niños al acostarse, en cada beso y abrazo que les doy, tal y como tu me enseñaste y con el mismo amor que tu hiciste conmigo.
De tí aprendí el valor de las cosas simples, la belleza de la sencillez y el verdadero calor humano. De tí aprendí que se puede ser feliz con todo ello sin necesidad de grandes cosas.
Me he preguntado muchas veces cómo es que hay personas a las que nada más conocer ya sientes como si hubieras pasado toda una vida junto a ellas, embriagándote en ese aroma familiar que hace que desde un principio les abras tu corazón sin temor, con la sensación de sentirte completamente a salvo, con una química que no te deja indiferente y de la que una vez eres consciente ya no te quieres alejar. Hay personas con las que tu alma conecta como si estuvieras en el mismo nivel o dimensión, reconociendo esa hermosa sensación que te llena de emociones imposibles de describir. Hay personas a las que puedes sentir sin necesidad de ver su cuerpo porque su alma te acompaña dónde quiera que vayas. No es necesaria la presencia física para sentirte arropada por ellas… Si bien aparecen rara vez en la vida, son cómo hermosos ángeles a los que enseguida reconoces por su luz. Esas personas me recuerdan a mi abuela, tengo la misma sensación de paz y tranquilidad de saber que puedo ser yo misma con ellas. Tengo la sensación de sentirme completamente aceptada, como estar en mi hogar, en el cobijo de los brazos de mi padre, o sentada en el regazo de mi abuela.



Esos seres de alma grande y hermosa te envuelven con su luz y ayudan a que un mal día se convierta en uno mucho mejor, resguardados de todo el daño o dolor. Y resulta que al fin y al cabo, tal y como me enseñó mi abuela, lo que más cuenta en esta vida no es todo aquello que solemos ver ahí fuera en este mundo de grandezas materiales que el hombre ha creado. De hecho yo siempre lo supe, y por eso me sentí diferente a la gran mayoría de personas. La vida me ha enseñado que las pequeñas cosas como esos momentos de felicidad de mi niñez, los pequeños detalles que encuentras en grandes almas, compartir palabras y momentos  que salen del corazón con las personas que quieres, disfrutar de un día en familia, sentir los rayos de sol en la cara, respirar el aroma de la tierra mojada por la lluvia, contemplar el mar, leer, escribir, bailar o hacer aquello con lo que tu alma vibra… esos son los momentos y las cosas que realmente te dan la felicidad.


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