ABRAZOS QUE LO DICEN TODO...
Era su primera cita, aunque ya lo había visto y charlado con él en otras ocasiones, pero aquella sería la primera vez que se sentarían los dos solos a tomar un café. Había algo diferente en aquel chico, lo presentía. Tal vez por ello andaba más nerviosa y acelerada de lo común. Ella, que había construido en los últimos meses un imperio de hombres a sus pies, se sentía inquieta de nuevo, como hubiese algo diferente esta vez. Coqueta como siempre, intentó vestirse elegante y a la vez provocadora. Lo más importante era maquillar bien las heridas y cicatrices del alma
para que pasasen
desapercibidas ante sus ojos. Era sencillo a estas alturas, lo había llevado a
cabo en muchas ocasiones.
Bastaba con mostrarse como una mujer segura y de ideas
claras, ocultar según que cosas y centrar la atención en otras por las que
normalmente los hombres se sentían mucho más atraídos. Sabía cómo llevarlos a
su terreno y que comieran de su mano. Pero con él tenía dudas de poder
lograrlo, puesto que no parecía igual que los demás. Era difícil esconder el
temblor de sus manos y sus nervios mientras lo esperaba. Sin embargo todos esos
miedos se disiparon al encontrarse y envolverse en un tierno y entrañable
abrazo en el que se mezclaron aromas y sensaciones, un abrazo de esos que
sueles dar a las personas que conoces de toda la vida y con las que tienes la
suficiente confianza como para entregarte sin pudor.
Fue fácil conocerle, fácil sentirse completamente cómoda hablando de cualquier tema con él, sin necesidad de fingir ni de llevarlo a su terreno. Se dio cuenta de que ambos estaban en el mismo nivel y que por mucho que le quisiera ocultar no podía engañar a sus ojos; ellos la veían por dentro y lograron desmaquillar sus heridas y cicatrices al momento, destapando y dejándolas sanar al aire libre. Hacía mucho tiempo que un hombre no lograba romper las murallas de su castillo, nadie había podido entrar en él hasta ahora. Se había rehecho con la imagen de una mujer soltera y fría, independiente y segura, que no quería una vida de pareja ni rutinas o complicaciones que no le dejaran vivir el momento. Y realmente se convenció de esas teorías. Había perdido la esperanza de volver a amar y endureció su corazón. Pero él… él llegó con ese abrazo y esa sencillez, con otros puntos de vista sanos sobre la vida y las personas. Él llegó de tal manera, que consiguió desmontar todas esas teorías y debilitar las barreras hasta lograr entrar poco a poco en su corazón. No más maquillaje ni disfraz para sus heridas, no más murallas de defensa. Por fin podía estar con alguien con el que hablar en el mismo idioma sin fingir lo que no era, por fin podía abrir las puertas del alma sin temor.
Un hombre que abraza así, aunque no sepa expresar sus sentimientos con hermosas palabras, aunque se proteja de la vida y del dolor fingiendo que nada le afecta y es inmune a todo, un hombre que abraza y sonríe así no puede ser frío como el acero, sino que por el contrario sólo puede estar lleno de buenos sentimientos y tener un gran corazón… Los hechos y sus actos, a pesar de que ella no se comportó con él muchas veces lo suficientemente bien como se merecía, a pesar de que no entendió en un primer momento que no le diera lo que ella esperaba y le pidiera más de lo que realmente le podía ofrecer, a pesar de desconfiar de él sin que le diera razones, a pesar de todo eso y más, sus actos y hechos le demostraron todo aquello que ella presintió en ese primer encuentro.
Él era un ser especial. Él era alguien que siempre aportaba su ayuda a todo el mundo, alguien cuyos valores de respeto hacia los demás le habían hecho abandonar opciones perjudicándose a sí mismo. Alguien que jamás le haría daño intencionadamente, alguien cuyo mayor tesoro se hallaba en la grandeza anónima y enorme de su corazón y al que le deseaba que algún día cercano tuviera su recompensa en la vida. Tal y como dice la cita: ” La verdad de las personas no está en sus palabras sino en sus actos”. Ella se dio cuenta demasiado tarde, cuando ya habían demasiados retales cosidos intentando remontar su historia. Pero aún así era, con sus remiendos, una bella historia. Seguramente buscaron algo que no estaban preparados para encontrar en esos momentos y por ello simplemente no pudo ser. Tal vez era tan simple como volver a leer la historia e interpretarla de manera diferente. Porque él nunca le prometió la luna, pero si le sujetó la escalera para que lograra alcanzarla, si le ayudó a encontrar la pieza final del puzle de sus sueños y proyectos.
Nunca les envolvió la magia de París o Venecia, pero siempre les quedaría la complicidad de un baño en la playa por la noche, o una tarde de montaña en una casita de campo, contemplando las llamas de la chimenea y dándose abrigo y calor. Sabía que de una manera u otra debía estar en su vida porque se lo había ganado día a día más que
cualquier otra persona.
Siempre la había ayudado y protegido como su ángel de la guarda y eso no lo podría olvidar jamás. Las personas que ocupan un lugar importante en los momentos clave y cambian tu vida no pueden olvidarse nunca, se quedan en nosotros para siempre.










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