EL COMPLEJO DE CENICIENTA
Toda una vida me he debatido entre la tradición y costumbres con los que he sido educada y que marca la sociedad y el ser una mujer independiente con ideas propias y hacerle caso a mi voz interior. Nunca me conformé con lo que todos hacían o decían, no quise seguir al rebaño porque no me consideraba una más y tenía mi propio criterio, pero aún así los cuentos de hadas que nos hicieron creer de niñas han afectado de alguna manera equivocadamente en los sueños e ilusiones de la gran mayoría de mujeres.
Nos hicieron creer que éramos princesas débiles e indefensas o en situaciones complicadas a las que llegaría un apuesto y bello príncipe a rescatar y con el que finalmente seríamos felices para siempre. Nada más lejano a la realidad con la que crecimos. En esa realidad vimos como nuestras madres y mujeres de nuestro entorno trabajaban duramente día a día por mantener a toda la familia sana, alimentada, cuidada, limpia y contenta, siendo el pilar fundamental sobre el que ésta se mantenía y dejándose ellas mismas para lo último, dándolo todo a cambio de nada, sacrificando todo su tiempo por los demás. Sin ir más lejos mi madre ha sido y es una mujer coraje. Trabajaba 12 horas diarias más algunos Domingos, y al llegar a casa seguía batallando con las tareas del hogar y cuidando de sus tres hijos. Aunque en este caso mi padre ha sido un compañero ejemplar que siempre la ayudó mucho, colaborando en dichas faenas y dándonos a todos mucho cariño y amor. Aún así, ella siempre se dejó la piel para complacernos a todos y nos dedicó toda su vida.
Cuando creces viendo todo esto crees que es lo normal y lo
que tú debes hacer también en tu vida. La gran mayoría de mujeres no ve que
existen otras opciones y eligen este camino con el que creen que serán felices.
Yo no digo que puede que sea un modelo de felicidad para algunas, ciertamente
así es, pero de lo que sí estoy segura es de que hay muchas otras mujeres que
necesitan mucho más y que si eligen este camino como el único válido entrarán
en conflicto con su yo interior. Lo primero que he aprendido de la vida es que
cada persona es un mundo y no hay un modelo universal para lograr ser feliz,
sino que cada uno tiene que encontrar el suyo propio.
El modelo tradicional que nos inculcan del amor a mí no me
sirvió. Me anuló como persona y mujer. Dejé de escucharme a mí misma para
complacer a la persona que estaba a mi lado y me quedé vacía. Mi alma
entristeció y mi aspecto se volvió duro y frío, envejecí y más que vivir
existía , sin sentir ni padecer, sólo dejándome llevar hacia donde me guiaran.
Perdí los sueños e ilusiones, las ganas de todo, incluso llegué a
acostumbrarme a ello hasta que las
señales de la vida me hicieron comprender que estaba muerta en vida y que por
ese camino no podía ser feliz.
Me he pasado toda una vida creyendo que tenía que encontrar
la felicidad en otra persona que estuviera a mi lado, sin darme cuenta de que
en realidad la verdadera felicidad está en encontrarse a uno mismo y que sólo
puede sentirse plenamente cuando haces aquello que amas… La felicidad llega
cuando el aceptarte y ser lo que eres te hace brillar y compartes esa luz con
los demás. Aferrarse a una persona
pensando que lo es todo para ti y tu fuente de felicidad es un gran error,
puesto que si esta persona nos falla o no actúa según esperamos nos quedaremos
huérfanos de ese sentimiento.







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